Alfaro y el monopolio de la verdad

Alfaro y el monopolio de la verdad

Son tiempos de populismo, nos guste o no. Y Enrique Alfaro Ramírez, un político que ha tenido la astucia del camaleón para acomodarse al perfil de su época, lo ha entendido. Por un lado, posee un temperamento francamente ad hoc: lo que él ve como “fortalezas de carácter” y “capacidad de tomar decisiones” es lo que los observadores vemos como “intolerancia evidente”, es decir, no acepta que se le contradiga.  Por el otro, asume la propaganda como vehículo para generar una narrativa de “buenos y malos” que le genera adherencias y aplasta disidencias. Sin olvidar la capacidad teatral, la puesta en escena, sin lo cual no afloran las emociones.

En el primer caso, parecería que aspira a que se le reconozca una especie de monopolio de “verdades esenciales” que tienen que ver con lo público -¿iluminación divina?-, y como a esa lucidez privilegiada se agrega que no tiene intereses “vulgares” con grupos de poder, entonces, los que se le oponen tienen inevitablemente intenciones aviesas, no se les puede reconocer una pequeña porción de la razón.

Es “lo que les dicta el PRI”, les dijo sin recato a dos compañeros periodistas a quienes asaltó (el término es más que una metáfora) con sus “carpetas”, en un programa en Radio Metrópoli, en enero pasado. Tampoco se puede olvidar cómo ha amenazado de cárcel, hasta ahora sin fortuna –todavía no controla a la fiscalía- al activista Alejandro Cárdenas, del Parlamento de Colonias, y en general, cómo llama “pillos” a todos los ciudadanos que se oponen a su diseño de ciudad redensificada (los neopanistas, hoy sumados a su barco, les decían “opositodos”, pero no llegaron tan lejos). Esos “pillos” han sido en algunos casos obstáculos formidables al acudir con recursos judiciales a detener proyectos. Un demócrata cree en la ley y reconoce el espacio del poder judicial como el idóneo para dirimir diferendos… pero los políticos de los tiempos populistas son impacientes, no soportan que las personas normales se nieguen a ser redimidas, no puede ser “normal” esa obstinación.

Bajo esa lógica, somos dolosos y sin corazón si vemos negocios privados con bienes públicos con el caso del patrimonio inmobiliario tapatío “tostoneado” (los jóvenes no entienden el adjetivo, pero sin duda, Enrique sí) a empresas para hacer multifamiliares o torres; o las grandes facilidades otorgadas a grupos empresariales que hacen fortuna con edificios que ya invaden los cielos metropolitanos en zonas muy lejanas a corredores de movilidad (las famosas “torres chuecas” enderezadas por un reglamento diseñado a propósito; el pago a valores catastrales de las excedencias garantiza un negocio… a valores comerciales), sin olvidar a quienes mantienen el modelo de la expansión supuestamente denunciada y dejada atrás (allí están sus cercanísimos Pablo Lemus en Zapopan y Héctor Álvarez en Zapotlanejo con sus “centralidades emergentes” en el descampado). Todo esto, aportación de Alfaro como presidente municipal, o de sus vecinos emecistas metropolitanos, sin olvidar Puerto Vallarta.

Pero el tono de este populismo emergente, oportunista, no es nada más intransigente y autoritario. También es ineludiblemente mesiánico. La “refundación de Jalisco” revela las altas pretensiones, que apelan a desconocer todo lo hecho en el pasado por los nauseabundos PRI y PAN (de dónde salió el candidato, y de donde vienen la mayor parte de sus aliados), y señalar al Partido Movimiento Ciudadano (porque aunque a usted le sorprenda, el emecismo es un partido y recibe millonarias prerrogativas, como todos los partidos) como el comienzo del cambio (y los “ciudadanos libres”, aunque en su pretenciosa eufonía no sea más que un rudo pleonasmo, ¿qué dirían los esclavos y los súbditos de Roma si les hubieran preguntado si querían ser ciudadanos libres o simplemente ciudadanos?).

El líder verdadero piensa en el pueblo (en este caso, los “ciudadanos libres”) y en aras de su bienestar, sacrifica las iras y agravios personales, ¿o cómo justificar la amistad interesada de hoy con los enemigos de ayer, como Raúl Padilla López, el amo de la universidad y primer malvado de su narrativa demonizada, en los años del gobierno en Tlajomulco? Ad maiorem gloriam populo

Y como todo mesías, requiere un espacio de teatralidad. Supongo que Enrique Alfaro tuvo un resquicio de pudor en su ánimo para hacerlo en el cierre de campaña de “los 100 mil” frente al Hospicio Cabañas, el 23 de junio; y se lo guardó para una plaza más discreta, pero especialmente importante en la política y economía de Jalisco: Puerto Vallarta, la noche del 27 de junio.

Arrodillado, con lágrimas y muy agradecido, concluye Enrique Alfaro campaña en Puerto Vallarta, dice el titular de aznoticias.mx. La fotografía es demoledoramente elocuente (la subió a sus cuentas personales de twitter y Facebook). Un político que se humilla en el escenario, y promete a sus oyentes lo que estos quieren escuchar.

“…Enrique Alfaro, visiblemente emocionado y con lágrimas por momentos, expresó: ‘les digo lo que me nace del corazón. Termino mi recorrido en el lugar indicado, termino mi campaña en el lugar que vio nacer este movimiento [sic], termino mi campaña en el lugar que nos dio un impulso enorme hace seis años, en el lugar en el que la fuerza de las mujeres y hombres libres se sintió a fondo. Hoy les digo gracias por creer en mí, por creer en nuestro movimiento. Y antes de terminar quiero encomendarme a lo más valioso que tenemos, encomendarme a Dios y dedicarle esta campaña. Permítanme terminar hincándome ante el pueblo de Vallarta. ¡Gracias de corazón!” (ver http://aznoticias.mx/index.php/puerto-vallarta-movil/28900-arrodillado-con-lagrimas-y-muy-agradecido-concluye-enrique-alfaro-campana-en-puerto-vallarta#.WzakuXNnU0M).

El gobierno alfarista en Guadalajara, que tuvo aciertos y errores como todos, fue muy accidentado, enfrentado a otros poderes (el Tribunal Administrativo del estado, en el ojo del huracán, por causas justificadas: pero siempre entendiendo que imponer magistrados a modo harán posible el proyecto urbano que empuja), a la prensa (sobre todo, los reporteros; la mayoría de las empresas, hoy sumidas en una grave crisis económica,  pactan tarde o temprano), y desesperado de ser reconocido como el mejor alcalde desde Arnulfo Villaseñor (qué paradoja: buenos fragmentos de “la pechuga” de los terrenos adquiridos previsoriamente por éste munícipe priista de comienzos de los 80, rematados para redensificar la ciudad).

Y es lógico: estuvo en campaña los más de 900 días que despachó en Hidalgo y Alcalde. La meta estaba trazada: palacio de gobierno, en Corona y Morelos. Cada acto debía ser cuidado para que se le diera la “lectura correcta”. No es arbitrario que apostara fuertemente por empresas profesionales para operar su imagen y sus redes sociales, pues allí tiene el control del mensaje, y no en la criba y el escepticismo de los reporteros, a quienes humillaba o regañaba, como padre preocupado por sus ovejas descarriadas. Bajo esa óptica, si es confirmado esta semana como gobernador del estado (el domingo 8 de julio sería la declaración oficial del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana), puedo asegurar que tomará sus buenas o malas decisiones con la misma fuerte carga emocional que en Guadalajara.

Porque es de manual que todo populismo requiere el secuestro del lenguaje (eso explica la irritación de sus funcionarios municipales cuando se les habla que se “privatizó” un predio: un partido “progresista” tiene esa palabra prohibida; también explica por qué, como cada triunfo de la selección mexicana de futbol, lo que hace el líder carismático es “histórico”, sin falsas modestias),pero además, de la movilización permanente (Movimiento Ciudadano, pues), y más si se integran a activistas civiles del pasado para legitimar a un gobierno “diferente”, como ha logrado exitosamente hacer. Si se advierte que es un pasaje transitorio, y la mira está en Palacio Nacional, el mapa termina de tomar forma. Los periodistas de Jalisco deberemos prepararnos para tiempos difíciles.

Enrique Alfaro, en su muro de Facebook, trata de negarlo: “Hoy, en #PuertoVallarta, di lo que probablemente fueron las últimas palabras de campaña en mi vida. Ha sido un viaje largo y difícil para llegar a este momento, y no tengo palabras para explicar lo que siento, lo agradecido que estoy y el honor que me dieron al compartir el mismo sueño, la misma lucha, el mismo movimiento…”. Seis años, una probable relación difícil con el gobierno central, un desgaste indudable con los habitantes del estado. Esto, para desgracia de los populistas, es una democracia, y en democracia, el apoyo es tan volátil como el agravio o la indiferencia y el olvido. El poder desgasta más cuando está en competencia, pero la narrativa de “buenos y malos” siempre estará mejor surtida de villanos, esos indispensables antagonistas de las fábricas de mitos que demanda la sociedad del espectáculo.

 

Agustín del Castillo

1 comment

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  1. Juan José Pérez Aguilar

    8 julio, 2018 at 10:28 PM

    No creo que vaya a haber cambio alguno en su comportamiento con los que vayan en contra de sus ideas….tampoco va a ir en contra de los grandes fraudes orquestados en los últimos periodos gubernamentales…o sea PAN O PRI CON LO MISMO!!!

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