El agua en Jalisco

El agua en Jalisco

En los últimos quince años, a partir de que se pretendió detonar el proyecto Arcediano, el tema agua ha sido una constante de estira y afloja entre diversos miembros de la sociedad tapatía. Y cada que apremia la demanda del recurso, sobre todo en los meses de mayor calor, como este abril (parece que no de balde dice T S Eliott que es “el mes más cruel”), los constructores inmobiliarios y los ingenieros del sector oficial advierten sobre la inminente escasez que se cierne sobre la metrópolis. ¿Qué tanto es una escasez real y qué tanto es un eficaz “estímulo” para empujar los intereses creados en torno a los grandes proyectos de ingeniería como la presa El Zapotillo? ¿Hasta qué punto este proyecto es único camino y cuáles son las cosas que la ciudad ha dejado de hacer para agravar la situación?

Primero, sobre la escasez actual. Parece que la explicación es bastante simple: al existir una sola línea del acueducto Chapala-Guadalajara desde 1985, y ésta recibir un mínimo mantenimiento porque el sistema completo, que implica otra línea de la misma dimensión, jamás se construyó, con el tiempo ha reducido su capacidad de conducción a 5,500 litros por segundo (lps). La concesión que recibe Guadalajara da para más de 7,500 lps pero como no existe esa capacidad técnica de conducción… se usa el viejo canal de Atequiza, la antigua ruta del agua, que data de los años 50 y tiene no solo enormes pérdidas por evaporación, son la competencia del riego agrícola que por allí se conduce. El resultado: los dos mil lps faltantes se tratan de conducir por ese canal a cielo abierto que está al doble de distancia que el acueducto, y que pierde 50 por ciento por evaporación. El costo ambiental de la mala decisión de construir la segunda línea en 2012 es considerable. Abril y mayo serán –siempre lo son- los meses de mayor demanda de agua en la ciudad, por el calor. Entonces la escasez en la zona alta de la ciudad no es algo extraño ni fruto de conspiraciones.

…Muy distintas son las conclusiones que los grupos de interés pretenden sacar, para presionar a favor de la presa a 105 metros en El Zapotillo. La realidad es que desde que se comenzaron a discutir las soluciones a la sed de la ciudad, no se puso freno a los desaforados negocios inmobliarios que aumentan esta demanda. “La recomendación que le di a Toño Aldrete [director del SIAPA] fue que otorgue todos los vocacionamientos que le pidan”, confesó a un grupo de periodistas el entonces director de la Comisión Estatal de Agua y Saneamiento, Enrique Dau Flores, en la navidad de 2005, cuando pensaban que Arcediano se haría realidad. Ese proyecto no fue viable, por su alto costo y por el problema de calidad del agua nunca resuelto; por eso se volteó a la ecuación El Zapotillo-El Purgatorio, para, con una presa a 105 metros, satisfacer las demandas de Guadalajara y Guanajuato. De Los Altos se olvidaron, salvo para meter su agua urbana en el esquema de negocios de la concesión. Pero el dato de que es la zona pecuaria más productiva del país nunca les saltó en la ecuación.

Por si fuera poco, la ciudad jamás ha tenido una política de protección de su acuífero, que se sobreexplota, se contamina y sobre todo, se altera en sus condiciones de recarga, lo que se traduce en menos agua subterránea y más inundaciones.

El acuífero metropolitano, es decir, el agua que yace en el subsuelo, tiene a la baja su capacidad de producir agua potabilizable para la comunidad humana, debido a la sobreexplotación, calculada en casi 100 millones de metros cúbicos (m3) anuales, es decir: se le extrae considerablemente más agua de la que recarga. Esto significa que año con año, los más de 1,500 pozos, entre los cuales destacan casi 400 para abastecimiento urbano, descienden su nivel entre uno y 45 metros. El promedio ronda tres metros, según los datos de la Gerencia de Aguas Subterráneas de la Comisión Nacional del Agua (Conagua) publicados en el Diario Oficial de la Federación (última actualización, en la edición del 20 de abril de 2015)

Aparejados hay dos expedientes que agravan el problema: el manto subterráneo tanto para Atemajac-Tesistán como para Toluquilla, registra una pérdida creciente de permeabilidad, es decir, la urbanización expansiva está “devorando” la zona de alta recarga, que se ubica hacia el poniente, en la colindancia con la sierra de La Primavera. En el caso de Cajititlán, el impacto de la urbanización es incipiente, pero su déficit es superior al de los pozos del asiento histórico de Guadalajara (lo que ha llevado, en una decisión sin precedentes en la historia de la ciudad, a la suspensión de permisos de urbanización por parte del Ayuntamiento de Tlajomulco). El segundo asunto es consecuencia: al bajar los niveles, el gasto en bombeo se incrementa, y también en potabilización, dado que el agua pierde calidad por la presencia masiva de metales y sustancias tóxicas para la salud.

Esta situación refleja la ausencia de una política de manejo y conservación, pese a que el agua subterránea es “el tesoro escondido de las ciudades y la reserva fundamental para su futuro”, según el consultor, experto en el tema, Arturo Gleason Espíndola.

De acuerdo al SIAPA, el acuífero metropolitano aporta 27 por ciento de los 300 millones de m3 que se introducen al sistema. Sin embargo, el dato es parcial, dado que los sistemas autónomos de diversas colonias también se abastecen de pozos, y en general, aplica en cinco de los nueve municipios del área metropolitana: El Salto, Juanacatlán, Ixtlahuacán de los Membrillos, Zapotlanejo y Tlajomulco, consumen fundamentalmente agua subterránea.

El caso Tlajomulco, asentado en el valle de la Misericordia o Toluquilla, es el más grave, porque la calidad natural de su acuífero presenta fuerte presencia de sustancias como el arsénico o el fierro, y porque desde 2000 registras la más alta tasa de crecimiento urbano en Jalisco, y una de las más elevadas del país.

“Si se consideran las etapas del ciclo hidrológico, el desarrollo urbano poblacional ejerce una fuerte presión sobre el agua subterránea. Por una parte, todas las zonas poblacionales se asientan en las áreas que presentan con posibilidades altas, y se reducen las posibilidades de recarga de los mantos freáticos y acuíferos. Por otro lado, se contamina el agua de escorrentía que, al pasar por las poblaciones, se mezcla con aguas residuales y todo tipo de residuos, producto de la presencia poblacional, industrial y de servicios; este fenómeno de contaminación de aguas subterráneas por lixiviación de contaminantes todavía no se ha determinado, aunque hay recurrentes alusiones documentales al problema”, señala el investigador del Iteso, Heliodoro Ochoa García, en su artículo Gestión del agua en la periferia urbana: Tlajomulco de Zúñiga.

La Comisión Estatal del Agua (CEA) ha estudiado el problema del arsénico del manto subterráneo, sus tres acuíferos presentan niveles de arsénico, fierro y manganeso que son riesgosos para la salud humana.

El mal manejo del acuífero genera riesgos. Las cuencas donde se ubica Guadalajara presentan condiciones físicas originales complejas: Al sur del parteaguas del Cerro del Cuatro, el valle de Toluquilla presenta agua somera y poca inclinación de terreno que lo hace proclive a inundaciones y agua estancada; al Oeste, el valle de Tesistán presenta agrietamientos naturales fruto de la composición geológica: es una antigua barranca rellenada tras erupciones del supervolcán de La Primavera; al norte, la ciudad se frena en los despeñaderos del río Santiago, donde los deslizamientos son frecuentes; pasa igual al sur, en las laderas de los cerros del Cuatro, Santa María y del Tesoro; las zonas bajas de los antiguos ríos San Juan de Dios, El Arenal, El Chicalote y Atemajac son propensas a inundarse. A estas características territoriales se debe agregar el hecho de que el patrón de lluvias es intenso: en pocas horas al año cae más de 70 por ciento del total del agua, lo que condiciona la capacidad de regulación de vasos naturales y cauces.

Pero agreguemos que la “construcción” de la ciudad ha sido desafortunada en el último medio siglo: se han reducido o tapado la mayoría de los cauces; el agua rueda en superficie y satura pronto las calles y avenidas en tormentas extremas; se han urbanizado las cabeceras de cuencas, lo que arroja el problema de agua excedente a cuencas media y baja; se han urbanizado gradualmente las altas zonas de recarga del poniente de la ciudad, minimizando la captación de agua al subsuelo; se han sobreexplotado las aguas subterráneas, lo que abate el manto acuífero y abre la posibilidad de movimientos de tierra y hundimientos. Añadamos las tierras de relleno con materiales, viejos basureros, laderas de alta pendiente… la urbanización a corto plazo en zonas inadecuadas agrava los problemas de riesgo de la ciudad. La estimación oficial de estos riesgos apenas estima mil millones de pesos para inundaciones, cada año, de pérdidas patrimoniales.

De la cultura del agua ni hablar: mera verborrea gubernamental. Los críticos de las soluciones de los “ingenieros tubito” (es decir, la idea de que todo se resuelve con megaobras) destacan que si ese acuífero se hubiera preservado, seguramente aportaría no 30 por ciento del agua de consumo, sino por arriba de 45 por ciento. Lo que aunado a Chapala debidamente aprovechado, y la derivadora El Purgatorio, no debería arrojar incertidumbres, ni siquiera ahora, que Tlajomulco con sus 600 mil habitantes será integrado al sistema metropolitano. Pero insisten en la presa de 105 metros…

 

Agustín del Castillo

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