El Tan en el palacio

El Tan en el palacio

Visité a Jerónimo en el país de las maravillas y lo encontré acompañado por San Antonio y por demonios de este mundo y de otros mundos, tiempos, e imaginarios. Con él estaban también seres fantásticos de esta vida y de otras vidas, geografías, universos y fábulas. Pero en realidad, no era a Jerónimo a quien buscaba, sino al Tan. Pero fue Jheronimus van Aken, el Bosco,quien apareció suspendido en la puerta del recinto del palacio de cantera que guarda los relatos e historias más increíbles y terribles que pueden existir en la mente humana. Impávido como el guardián del ingreso a un país mágico, deja pasar al caminante ingenuo sin advertirle que al cruzar el umbral, se encontrará con tantos territorios, comarcas, reinos, suelos y cielos como los que alcance a recrear con la mirada. Así es el lugar donde habitan las maravillas, las quimeras, los misterios y la nigromancia de los mundos del Tan.

La sala de Palacio de Gobierno donde está montada la exposición de pinturas de pequeño, mediano y gran formato de Roberto Carlos Hernández Hernádez, el Tan, está impregnado por la fantasía que el artista ha desplegado en su obra desde etapas muy tempranas. En su producción abundan los gatos y los bestiarios, los personajes de relatos bíblicos y de cuentos como Alicia en el País de las Maravillas o El Principito, al igual que humanoides, monstruos, paisajes y castillos extraños y asombrosos inspirados en los videojuegos de vampiros como Castelvania, o sacados de las profundidades del pensamiento del artista.

Una pieza puede contener elementos de una o de todas las historias, sin llegar a repetir ninguna, porque el relato visual no sigue un patrón cronológico predeterminado para dar cuenta de las situaciones con las que se topa el espectador. Por eso, se recomienda ver la exhibición con inocencia y con la atención que se presta a un relato de ficción, para así percibir las múltiples tramas paralelas que aparecen en los cuadros, y para lograr la inmersión en las alucinaciones, en las pesadillas y en las utopías de cada obra.

Yo comencé el recorrido siguiendo al conejo blanco que sacó un reloj del bolsillo de su chaleco para mirarlo y echar a correr; lo alcancé de un salto porque comprendí de golpe que nunca había visto un conejo con chaleco, ni con un reloj, por lo que con gran curiosidad corrí tras él para averiguar a dónde se dirigía con tanta prisa.[1]Pero me distraje unos segundos al ver a San Antonio en contemplación(s. f.) recargado en un árbol seco y acompañado por su incondicional cerdo. Jerónimo refirió que San Antonio Abad había enterrado a Pablo el ermitaño con ayuda de otros animales y entendí qué de ahí venía la potestad del santo sobre los sepultureros y los animales. Eso le daba sentido al cadáver que flotaba frente a él en un estanque, al caimán con cuerpo de mantis religiosa que estaba trepado en una rama, a las aves con botas puntiagudas en derredor y a la celebración en el cementerio que se ubicaba a poca distancia del monje cristiano. No podía despegar la mirada de la gigantesca oruga calavera que caminaba entre las lápidas, ni del esqueleto alado sobrevolando el sitio, ni del saltimbanqui gris y gordo que hacía malabares con unas pelotas.

¿Y el conejo blanco…? Recorrí el área con la mirada y me atrapó la imagen de un huevo que parecía levitar en medio de las nubes ligeras y oscuras de un cielo gris. Me acerqué con sigilo a La falsedad del hombre(s. f.) para descubrir que el huevo tenía ojos, piernas y brazos, y estaba parado en unos largos y delgados zancos hechos de ramas secas. Atestiguaba mudo el cuento de hadas congelado, como la pista de hielo en la que patinaba un pingüino vestido de rojo y un elefante en dos patas cubierto con una túnica negra. Al fondo del lado izquierdo, estáticos en la mesa con un minúsculo juego de té, estaban sentados un perro cocker blanco y negro y el famoso sombrerero loco de piel azul vestido con frac y sombrero de copa. No faltaron el ratón reposando sobre un hongo lila, el gato rayado de enormes ojos verdes y el pájaro dodo que lucía un gorro índigo de fiesta adornado con tres motitas blancas. Al fondo del lado derecho había un pequeño paraje con hongos donde la diminuta Alicia se asomaba sin poder rebasar el sombrero de la seta donde yacía la oruga azul verde que fumaba opio con su pipa de agua. No intenté descifrar su diálogo inaudible porque a un costado de los personajes reencontré danzando al conejo blanco, ahora vestido con saco negro y corbata de moño roja.

El realismo mágico en la obra del Tan es sin lugar a dudas más mágico que realista y esto es lo que hace del autor un notable exponente de la figuración contemporánea en Jalisco. Su obra muestra innegable originalidad y admirable calidad técnica en la pincelada fina y precisa hasta en el detalle más breve. Es muy grata la fascinación que produce observar cada rasgo de los personajes que el artista representa o inventa en sus cuadros; constante la sensación inquietante que generan los paisajes helados o los ámbitos espectrales y sombríos que pinta; y extraordinaria la posibilidad de echar a volar la imaginación para descifrar por qué aparecen esos seres extraterrestres e infrahumanos en escena, o de dónde surgen las fortalezas y los palacios que emergen de las tierras y de los firmamentos.

La obra del Tan ha sido comparada con la del Bosco y ciertamente resulta inevitable evocar El jardín de las delicias(1500-1505) cuando frente a nuestros ojos se manifiestan atmósferas y personajes idénticos a las del tríptico del pintor originario de los Países Bajos, como se verifica en el Estudio de la obra del Bosco(s. f.). El artista de antaño y el Tan comparten “la sensibilidad ante un enigmático acaecer del mundo que siempre y en todo lugar ha excedido el ámbito estrecho de lo meramente observado y pensado”.[2]El Bosco captó y fijó la vida entera y el Día del Juicio, en toda su belleza y deformidad;[3]mientras que el Tan le dedica homenajes frecuentes a Jerónimo, en los que reproduce su acervo iconográfico para amalgamarlo con sus anfibios, reptiles y alimañas intergalácticas, roedores, felinos, aves, y un muy largo etcétera de entes orgánicos que fluctúan en los edenes y en los avernos del inagotable imaginario del artista contemporáneo.

Por cierto, la duquesa que estaba en el centro de la cocina, sentada sobre un taburete de tres patas y con un bebé en los brazos, me dijo que el Tan estaba en la sala. Acaricié al elegante y gigantesco gato siamés de profundos ojos azules, me despedí de la cocinera que estaba inclinada sobre el fogón con un enorme puchero que parecía estar lleno de sopa y agradecí la información a La Duquesa y el Nene(2016).[4]La mujer de la nobleza no se equivocó: El Tan en bicicleta(s. f.) estaba a unos cuantos metros. Me costó reconocerlo porque literalmente estaba en los huesos. Montado en un triciclo rojo, había dejado tras de sí a un patinador sin cabeza, a una calavera nadando en aguas gélidas, a dos gladiadores en plena pelea, a dos espadachines con trajes de esgrima y colas largas, delgadas y puntiagudas batiéndose en duelo, y a un esqueleto con capa corriendo a campo traviesa. La escena de los deportistas extraterrestres y sepulcrales la completaban una sirena glacial y un androide practicando salto de altura.

No puedo explicar cómo es que el Tan logró la ubicuidad, pero al tiempo que pedaleaba su triciclo había ascendido a los dominios celestes de la paloma negra y del pterodáctilo de grandes alas color azabache y cuerpo cadavérico. Con traje de baño y portando un sombrero oscuro de copa, daba un salto sobre el trampolín impulsándose con los brazos extendidos, para después clavarse en la fosa de frías aguas. Quise acercarme para contarle sobre la travesía de leyenda que había hecho por los territorios sobrenaturales de sus mundos, pero no me atreví a distraer su atención.

En lugar de eso, preferí contarle a propios y a extraños que hay un país de las maravillas en el centro de la ciudad de Guadalajara, en un palacio donde la entrada es libre para acceder a la sala vigilada todo el tiempo por Jerónimo; que es un sitio donde hay obras para las que no alcanzan las palabras y en las que se desbordan las historias; que es un espacio fugaz donde el encantamiento del arte del Tan sólo permanecerá hasta el mes de mayo. Después, como en los cuentos fantásticos, desaparecerá para siempre.

 

Talien Corona

 

[1]Lewis Carrol. Alicia en el país de las maravillas. Argentina: Ediciones del sur, 2003. Pasaje del cuento.

[2]Luis Peñalver Alhambra. Fenomenología de la experiencia visionaria en el Bosco. De la Iconografía a la figuración. Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 1995. Tesis de doctorado.

[3]Cfr. Carl Linfert, Hieronymus Bosch. The paitings complete edition. London: Phaidon Press LTD, 1959, p. 8.

[4]Carrol, op. cit. Pasaje del cuento.

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