La apuesta maestra

La apuesta maestra

“Me detengo bajo los pórticos de la diosa de hermosa cabellera; allí, de pie, yo la llamo, y la diosa oye mi voz. Acude en seguida, traspone las brillantes puertas y me invita a pasar; yo la sigo, con el corazón abrumado de tristeza. Ella me hace entrar y me invita a sentarme en un trono magnífico, guarnecido de clavos de plata, luego pone un escabel bajo mis pies. Entonces prepara el brebaje en una copa de oro, para que yo beba; mezcla en la copa sus funestos hechizos, meditando en el fondo de su alma horribles designios. Circe me dio la copa; yo bebí, pero no pudo encantarme. Entonces, golpeándome con su varita, me dijo estas palabras:

“―Ve al establo de los puercos a languidecer con tus otros compañeros […]”

Homero, Odisea, X, 310-321

En Molly’s game (en México ofrecida en cartelera como “Apuesta maestra”) vemos-confesión de parte- el drama y los motivos de Circe, la gran diosa insular que convierte hombres en cerdos, y que encanta fieras salvajes con su canto y las reduce a apacibles porteros de su palacio. El nombre de la protagonista, Molly Bloom, remite, de hecho, a la mayor relectura del viejo poema homérico: Ulises, de Joyce. Pero es necesario reconocer que esta opera prima del muy eficiente director de series de TV, Aaron Sorkin, le hace falta algo de la implacable maldad de la deidad brujeril de la isla Eea, con la que se tropezó Odiseo en su accidentado retorno a Ítaca, o siquiera, de la lujuria incontenida de su homónima, desplegada en monólogos, en una de las más famosas novelas del siglo XX.

Sin duda, es la historia de Molly Bloom. Narra en primera persona su fracaso como atleta olímpica –una rama de pino congelada que se atraviesa a sus esquís la hace tropezar en el camino a la gloria de representar a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Invierno-, su progresivo enfrentamiento irritado con el padre, que la lleva a romper con la familia, y sobre todo, la aventura en el infierno de Los Ángeles, donde a partir de la humilde profesión de mesera en un centro nocturno, se sumerge en el mundo del póker ilegal, donde su labor se limita a gestionar los encuentros y proveerlos de viandas y discreción; ni las grandes propinas parecen tentarla hacia el lado oscuro, más allá del cálculo riguroso y capitalista de sus propios intereses, esto es, el sueño de la avaricia, el vicio privado que enaltece a América.

Molly se verá desplazada de un paraíso de ganancias aparentemente inocuas –no establece porcentaje a los jugadores, no incurre en la ilegalidad; todo es gratificaciones en buena onda de participantes frenéticos y enloquecidos, en cuya corrupción apenas juega- por uno de sus clientes, más decidido que ella a entrar al juego de la maldad. Parte entonces a Nueva York, y de un juego con estrellas de cine y raperos californianos, pasa a establecer una sala de póker con potentados de Wall Street y magnates inmobiliarios, por donde se le colarán los malvados “de a de veras”, los rusos mafiosos. La codicia de la dulce Molly parece que se vuelve a encarrilar sabiamente, hasta que se deja seducir por la recomendación de su socia de asignarse un porcentaje del monto del juego para cuidar sus ganancias, y por la tentación de dar acceso a sus salones a judíos rusos de actividades tan lucrativas como desconocidas; la antaño prudente gestora de emociones de altos burgueses aburridos de la decadente Roma contemporánea, deberá afrontar las consecuencias ante la justicia.

Todo este relato está entreverado entre diversas retrospectivas hacia pasajes de la infancia, de la adolescencia rebelde, de los enfrentamientos con el estricto padre que pone en riesgo incluso su integridad física en el afán de la perfección, de las peroratas irreverentes hacia el padre Freud, un misógino irredimible, como medio de ataque contra el paterfamilias que parece cebarse de más con la rubísima y brillante chica de ojos azules que antes de los quince ya piensa que el matrimonio es una trampa y el amor, un engaño.

Molly’s game está sobre todo, bien narrada. A ratos parece de un vértigo que recuerda a Casino, de Martin Scorsese, y encarna a profundidad la compleja personalidad de la muy americana protagonista, a la que se empeña en justificar por vía de la ingenuidad de niñota que no sabe que el mundo es malo, que apenas tiene vicios –la irrupción de la droga se reconoce hasta el pasaje neoyorkino- y que no sabe de amor ni de sexualidad aunque es toda una seductora: sus espléndidos escotes y la fría mirada azul mantienen bajo control a la clientela casi con tanta eficacia como el canto de Circe a los marineros imprudentes.

La encarnación de esta bruja decidida, feminista y casi buena, corre a cargo de una actriz en constante crecimiento. De Jessica Chastain, sorprende el vuelco desde la resignada, mística y muy descarnada madre católica que invoca la ruta de la gracia para ganar el mundo y sobre todo, un “buen fin”, en The tree of life (El árbol de la vida, 2011), o la apasionada musa científica de los pasajes a universos paralelos de Interstellar (Interestelar, 2015).

Quizás ese afán de autojustificación hace que el personaje pierda fuerza entre esa espléndida narración. Incluso argumenta ante el FBI razones de ética para no denunciar a clientes cuyas familias serían destrozadas por sus delaciones. La irrupción del padre (Kevin Costner), dicen algunos exigentes, casi la arruina: resulta que todo se trata de una suerte de complejo de Electra, donde muchos años atrás una niña descubrió, sin saberlo, la infidelidad del padre y decidió dedicar la vida a desquitarse de él.

América siempre da segundas oportunidades. La vorágine de codicia de Molly no tendrá las terribles consecuencias de otras biografías de verdad gangsteriles porque su eficiente abogado (Idris Elba) invoca ante el juez, sin conocerlo, el famoso poema de las aves que cruzan el pantano y no se manchan (de nuestro entrañable Salvador Díaz Mirón). La malvada bruja, la libertina dublinesa, quedaron reducidas a una californiana que sueña con producir su propia versión del éxito. El resultado es un poco descafeinado. Adeudar algo así como tres millones de dólares al fisco es un alivio para la Molly real, pero el espectador, que esperaba algo más radical, saldrá convencido de que la vida real es confusa en sus fronteras de bien y mal, y bastante generosa con algunas mujeres decididas, hermosas y carismáticas que bajan al infierno, pero lo remontan pese a los gruñidos del horrendo Minos, que clama la eternidad de los castigos.

 

Agustín del Castillo

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