La revolución en las urnas

La revolución en las urnas

Ríos de tinta y bits han corrido desde el pasado domingo 1° de julio. Todos hemos leído cantidad innumerable de artículos, entrevistas, crónicas y análisis de opinión nacionales e internacionales sobre el fenómeno AMLO y un proceso electoral sin precedente en la historia del país.

Las emociones se desbordaron en todos los sentidos, mostrando lo mejor y los peor de nosotros. Nadie fue indiferente a la participación ciudadana y al contundente resultado de la “fiesta de la Democracia” (que ya dudábamos que existiera), donde un político de izquierda -ahora moderada y pragmática-, ganó por la vía pacífica la presidencia de la República, a través de una Revolución electoral sin precedente en México, después de un largo camino individual y una lucha colectiva de 30 años (1988 – 2018).

Con esta elección presidencial comenzamos a escribir un nuevo capítulo de la historia social y política de México; siempre agitada, marcada por las divisiones de clase, las diferencias ideológicas entre liberales y conservadores y, por tanto, plagadas  de traiciones, asesinatos, fraudes, presos políticos y excesos que fueron el caldo de cultivo para al movimiento de Independencia (1810), las Leyes de Reforma (1855-1863) y la Revolución (1910), donde el pueblo se levantaba en armas cansado de soportar tanta desigualdad y tanto abuso de poder.

Esta vez la revolución se dio en las urnas y se alimentó de una propuesta política discursiva de Andrés Manuel López Obrador llamada: la cuarta transformación, apelando, aún sin ser del todo claro y concreto a un proceso que pretende producir un cambio radical no solo en el statu quo conocido en el país, sino en la configuración misma del sistema político y de partidos como lo hicieron en su momento los tres eventos históricos que marcaron el rumbo de México y que ahora tiene como eje central: la lucha contra la corrupción, que al llevar décadas siendo práctica común en la vida pública y política ha producido desigualdad, violencia y la imposibilidad de justicia equitativa y efectiva para todos coartando derechos y libertades

En este sentido, la historia me parece vital para entender nuestro pasado, para explicar el presente y plantear desde la prospectiva escenarios futuros, por tanto, no fueron fortuitas las recurrentes referencias a pasajes de la historia nacional tanto en las entrevistas a medios como en los discursos de campaña a lo largo y ancho del país que cimbraban los pilares de nuestra memoria nacionalista (tendencia política mundial), donde todo parece tener un sentido y explica la raíz de nuestros problemas.

El triunfo histórico de esta elección para AMLO es el resultado de muchas cosas; se votó tanto con la cabeza como con el corazón, unos votaron por el hartazgo ante los graves errores cometidos por la transición bipartidista (PRI – PAN) en el poder que se empeñó en reproducir prácticas que los privilegiaban y métodos de silencio y complicidad que terminaron por hundirlos. En tanto, otros votaron por la esperanza de construir puentes y la posibilidad de generar cambios profundos y positivos, a través de la voluntad política y el trabajo colectivo en una pocas veces vista corresponsabilidad ciudadana.

El virar hacia la izquierda en México no es casual es resultado de luchas y movimientos sociales que los poderes fácticos se empeñaron en denostar por años y ahora resultan una posibilidad tangible que podría traer nuevas olas de cambio en otros países de América Latina como las vividas en la década del 2000 en el cono sur del continente, sin ser la izquierda de AMLO propiamente radical como la postulaba en 2006 ¡que alteraba a todo mundo! ahora parece ser una izquierda mucho más tersa, suave y estratégica que podría beneficiar la transición de poderes y seguir presumiéndole al mundo nuestra civilidad política con una especie de transición de seda, sin que ello reste fuerza a los cambios profundos que necesitamos.

La historia de una elección presidencial ya está siendo narrada, pero faltan aún muchas páginas por escribirse ante un reto colosal y una aspiración legítima de un presidente legítimo muy legitimado que anhela pasar a la historia como uno de los mejores presidentes que haya tenido el país, esperemos lo logre por el bien de todos.

 

Araceli Fabián

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